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Cepillarse los dientes después de cada comida. ¿Por qué?

Cepillarse los dientes después de cada comida. ¿Por qué?

La importancia de cepillarse bien los dientes es, a largo plazo, enorme. De ello puede depender que nuestra dentadura se mantenga entera y fuerte en nuestra madurez. Nuestros antepasados lo supieron bien: en la Edad Media era prácticamente imposible llegar a los 30 años con todos los dientes y las encías sanas. La higiene bucal directamente no existía entre el pueblo llano y los aristócratas (que podían permitirse ungüentos y jabones) tampoco tenían una técnica de salud bucodental  puntera… Además, por aquél entonces, los barberos también se dedicaban al oficio de dentistas, que en realidad consistía, básicamente, en arrancar las piezas enfermas (razón por la que, más que “dentistas”, se los llamaba “sacamuelas”).
Cepillarse los dientes después de cada comida. ¿Por qué?Aun así, siempre se supo que lavarse los dientes era clave. Los romanos se lavaban los dientes… aunque no usaban pastas dentífricas… sino orina; también se usaba, por cierto, en las tintorerías para blanquear la ropa…
Curiosamente, el primer cepillo no fue inventado por los romanos de la Antigüedad (tan preocupados por el bienestar de su boca, ya sabes…), sino por la cultura china en el siglo XV d.C. a base de las duras cerdas del pelaje del jabalí fijadas a un palo soporte; fueron los ingleses quienes trajeron el invento a Europa.
Vemos que la preocupación por los dientes era generalizada y ya desde antaño, pero, ¿por qué hay qué hay que lavarlos?
La historia es larga y con muchos personajes, pero la respuesta final que da la biología moderna es unánime: bacterias. Y es que las personas no somos solo individuos; somos verdaderos ecosistemas. Sobre nuestra piel, en nuestras mucosidades, en nuestros intestinos, en nuestros poros, en nuestra ropa y en nuestros alimentos, agarradas a nuestro pelo, uñas, arrugas… aun si somos gente limpia que se asea de forma regular, estamos portando millones y millones de bacterias dentro y fuera de nosotros. Algunas se alimentan de nuestras excreciones, otras digieren los alimentos que no podemos digerir por nuestra cuenta… nos aportan protección contra microorganismos ajenos, nos aportan vitaminas, nos aportan… olor corporal… y otras, aunque no nos aportan nada, simplemente se portan bien mientras nos utilizan como anfitriones (o más bien como hotel). Cualquier apretón de manos, beso o carcajada que des va acompañado de miles de esas pequeñas células autónomas. En nuestro cuerpo hay más células bacterianas que células propias y un estudio está revelando que hay más especies de bacterias diferentes en nuestro ombligo que especies animales en la selva del Amazonas. De todas formas, no dejes de dar la mano, besar o reírte por esto… menos del 10% de los microorganismos conocidos nos hacen daño en condiciones normales y nuestro cuerpo no está completamente desprotegido contra los que sí lo pueden hacer, aunque sí que es verdad que no hay ecosistema libre de bacterias.
Cepillarse los dientes después de cada comida. ¿Por qué?
Nuestra boca no es una excepción. En nuestros dientes y encías siempre hay microbios, y si se les suministran las condiciones adecuadas para vivir, empiezan a multiplicarse, y la población crece de forma exponencial. Algunas viven con oxígeno, otras no lo toleran, pero para mantenerse unidas y fijas a los dientes y evitar su muerte por falta o exceso de oxígeno, las bacterias de la boca forman una “biopelícula”. Biopelícula es solamente el nombre que le damos en microbiología a las extensiones o masas de células bacterianas rodeadas por una matriz excretada por ellas mismas, en la que quedan inmersas, y que usan las poblaciones bacterianas para mantenerse y crecer sobre una superficie. En el caso de las bacterias de la boca, la biopelícula que forman es lo que conoces como “placa dental”, que al mineralizarse pasa a llamarse “sarro”.

En el crecimiento de la biopelícula como tal y en el comportamiento de las bacterias en comunidad es clave lo que se ha denominado “quorum sensing” o, traducido, más o menos como “sensación de cuórum”. Es algo que todavía hoy se está investigando por la repercusión que tiene, pero hablando en plata, quorum sensing hace referencia a cómo se expresan los genes de las células bacterianas de acuerdo al propio número de células bacterianas, o dicho de otra forma, cómo se comportan las bacterias en función de su número.

Una bacteria potencialmente patógena, por si sola, no causa una enfermedad ni produce síntomas en el individuo que la porta. Lo normal es que crezca en silencio para no alertar al sistema inmune del hospedador. Cuando se ha alcanzado un número de células más vistoso, la bacteria cambia su comportamiento, pudiendo actuar como oportunista y producir enfermedad. Por eso los productos de consumo tienen fecha de caducidad, porque los alimentos no están libres de bacterias, pero sus densidades iniciales no son peligrosas para nosotros e incluso pueden ser beneficiosas, como es el caso de las bacterias de los lácteos. Conservarlos en la nevera, por ejemplo, también inhibe o ralentiza el crecimiento de las bacterias… Pero cuando ha pasado suficiente tiempo y si no se ha conservado en las mejores condiciones, es posible que la densidad de células haya aumentado y alcanzado ese cuórum que podría convertirlas en organismos oportunistas. Es una cuestión de economía: no tiene sentido para una célula gastar materia y energía en fabricar una toxina que no va a tener efectos; sin embargo, si hay muchas células de la misma especie para producir esta misma toxina de forma coordinada, se puede proceder a un ataque con posibilidades de éxito.

En una boca que no ha sido cuidada, el crecimiento de las poblaciones bacterianas se encuentra a niveles tales que pueden sucederse las caries por perforación del esmalte debido a la producción local de ácidos o la gingivitis por infección de las encías de forma eficaz. La irritación o enrojecimiento de dichas encías, así como su sangrado durante el cepillado, pueden ser síntomas de gingivitis, que si no se trata correctamente puede desencadenar una periodontitis, en la que se destruyen los tejidos que soportan los dientes (además del tejido óseo mismo): la conclusión es que los dientes acaban cayéndose sin apenas avisar.

Es por eso que hay que cepillarse los dientes con ganas después de cada comida: para eliminar bacterias y los restos de comida que quedan atrapados entre los dientes y en las rugosidades de la lengua y que al mismo tiempo pueden servir de alimento para las bacterias que quedan. La desinfección o ausencia total de microorganismos en tu boca es imposible, pero tampoco es lo que se busca: lo que se quiere es ir eliminando poco a poco los excesos. No tendría sentido en la vida diaria intentar librarnos de ellas. Tu propia existencia no sería posible de ninguna manera sin tus acompañantes microscópicos, que por otro lado no tienen ni ojos, ni boca ni tan siquiera cerebro. Están en la tierra, el agua y el aire… y de la misma forma que este planeta les pertenece, también les pertenece nuestra boca.

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