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Obtén vida eterna, dona órganos

Obtén vida eterna, dona órganos

Obtén vida eterna, dona órganos

La vida nos puede cambiar para mal en cualquier momento. Y cuando ese momento llega, lo que más deseamos es tener una segunda oportunidad, o la posibilidad de hacer que nuestra vida cuente. La donación de órganos permite ambas cosas.

Uno de los más anhelados sueños del hombre a través de la historia, ha sido alcanzar la vida eterna. Debido a este propósito, nos hemos obsesionado con realizar todo tipo de procedimientos que posterguen las evidencias del paso del tiempo por nosotros. Sin embargo, no hemos reparado en que existe una manera mucho más simple y magnánima de lograr ese fin.

La donación de órganos

Amamos a nuestros hijos porque ellos vienen de nosotros, son de nosotros. En ellos nos perpetuamos, y son milagro de vida. Sin embargo, traer hijos al mundo no es el único modo de dar vida. Dios o la naturaleza, o Dios y la naturaleza, se encargaron de que nuestro cuerpo tuviera la capacidad de auto regenerarse: podemos donar sangre y al cabo de horas volver a tener el mismo volumen de la misma; nos fracturamos y el hueso es capaz de volver a unirse; si una parte sana de nuestro cuerpo es puesta en la parte enferma de alguien más, podemos curar al enfermo.

De eso se trata la donación, y todos nosotros podemos ser parte de este prodigio. Por lo general creemos que es algo que sólo puede hacerse si morimos, y aunque es la forma más conocida de donación de órganos, no es la única. Si bien es cierto que existen males que requieren que el donador sea una persona fallecida, existen muchos otros casos para los cuales esto no es necesario y podemos ser donadores en vida. Quizá el único inconveniente para convertirnos en donantes es si padecemos enfermedades como VIH SIDA, tuberculosis, hepatitis o cáncer.

Sin embargo, no faltan argumentos en contra de la donación de órganos, los cuales tienen su raíz en la falta de información, o simplemente tabúes que nos llevan renunciar a ser parte de esta gran muestra de humanidad. Por ejemplo:

  • Coma o muerte cerebral. En el caso de pacientes en coma o muerte cerebral, los familiares siempre mantienen la esperanza de mejoría, por lo que resulta por demás doloroso consentir para que dispongan del cuerpo del ser querido. Sin embargo, lo mejor es hablarlo directamente con los médicos, pues son los únicos capaces de despejar todas las dudas sobre la recuperación del paciente, y así abrirnos a la posibilidad de regalar vida.
  • Temor a la muerte. Otra razón por la cual las personas no gustan hablar de este asunto, es por el temor a la muerte, que en general tenemos. Pero debemos aceptar y ser conscientes que la muerte es consecuencia de estar vivos, y que por más temor que nos despierte, no podemos eludirla: es ley de vida.
  • El punto de vista de la religión. Este es otro factor en muchos casos para decir no a la donación; sin embargo, como puedes ver en el enlace, la mayoría de las religiones o están a favor, o no hablan claramente del tema.
  • Otros mitos sobre la donación. Existe, por ejemplo, el temor de que si los médicos saben que nuestro familiar es donador, no pondrán el mismo empeño en salvarlo de la muerte. No temas por causa de esto: el juramento hipocrático garantiza que se lleve a cabo con ética la labor del servidor médico de preservar, ante todo, la vida del paciente. Debes saber, además, que la donación de órganos post mortem debe cumplir primero con ese requisito, para que luego pueda plantearse la donación como una posibilidad.

Piensa en esto: todos abogamos alguna vez por segundas oportunidades, tengamos pues la sensibilidad para darla a otros también. Está en nuestras manos otorgar esas “segundas partes” que todos merecemos y deseamos. Rompamos la cadena de miedos que nos impide mostrar nuestro lado más humano y hermoso: la solidaridad y la empatía ante el dolor y el deseo de vivir de nuestros congéneres.

Eduquemos y eduquémonos, adoptemos la donación de órganos como lo que es: la posibilidad de regalar vida más allá de la muerte. Una forma de alcanzar una suerte de vida eterna, entregándonos sin el menor atisbo de egoísmo; no en sacrificio, sino honrando el regalo de la vida que nos fue dado y que, aún en la peor de las circunstancias, podemos compartir.

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